sábado, 16 de junio de 2012

Rosa de papel

"Las rosas de papel no son verdad
y queman
lo mismo que una frente pensativa
o el tacto de una lámina de hielo.
Las rosas de papel son, en verdad,
demasiado encendidas para el pecho"
Las personas del verbo. Jaime Gil de Biedma. 1982


Beloved.  Camille Allen
Escultura de polímero y mohair. 2005  

La larga noche ha terminado otra vez. Pesada, como siempre, con el dolor de los que sufren.  Se han hecho los procedimientos. Se ha pasado la ronda. Se ha diligenciado la papelería correspondiente. Un momento a solas. El viejo televisor en la vacía sala de estar, sintonizado en el único canal que es visible a través de la estática, transmite un documental sobre el lejano oriente.  La cultura japonesa recibió históricamente fuertes influencias de la cultura china. Los ojos pesan. Podemos así observar estas xilografías en madera, típicas de finales del periodo Edo y principios del período Meiji, tambien conocidas como Ukiyo-e. Al apretar la punta de los dedos contra los párpados cerrados, un destello luminoso.  La substancia resinosa exudada por dichos insectos se emplea en la elaboración de laqueados polícromos. Una punzada en la espalda. Estos plegados de papel buscan imitar el mundo natural, como se puede observar en esta pieza creada por Toshikazu Kawasaki: La rosa Kawasaki. La narradora continúa su monótona disertación pero la imagen de la rosa persiste. La rosa es un milagro de simetría casi orgánica. Una nube de pétalos en delicadísimo papel de arroz, que parece flotar ingrávida en un mar de negrura.  La belleza de la rosa es casi intolerable. De pronto, el chirrido discordante del altavoz, tan difícil de descifrar. Todos los médicos internos en post-turno favor presentarse en la oficina del coordinador.

Una docena de rostros pálidos se agolpan en el cubículo de la coordinación.
-Ya se habrán enterado que tenemos un caso de transposición de grandes vasos en la unidad de recién nacidos. Un caso interesante, sin duda. Pocas veces visto. Sin embargo morirá dentro de poco a no ser que se opere pronto.  La  Clínica de cardiología infantil en la capital ha acordado recibirlo. El ejército había prometido ayudar con el translado aéreo, pero se han echado atrás en el último momento, así que lo llevaremos por tierra. Uno de ustedes irá, no puedo sacar a uno de los que están de turno, se necesitan en consulta.  No, no puedo autorizar el translado de la ambulancia principal.  Tendrán que ir en la vieja.  La madre? no hemos podido ubicarla.  Apenas tuvo fuerzas de ponerse en pié despues del parto, se fué y no sabemos de su paradero.  Si, necesita ventilación mecánica.  No se pueden llevar el ventilador pediátrico porque tenemos uno solo.  Habrá que ventilarlo manualmente durante todo el translado.  A ver. Cada uno diga un número.  El ocho es el afortunado.  Busque a la enfermera de turno para remisiones, ella lo va a acompañar.  Y dígale al conductor que vaya despacio y con cuidado. Si se le sale el tubo va a tener que volverlo a intubar en la carretera y no va a querer que eso pase. 

Evangelina espera ya en la ambulancia.  Parece un poco mayor para tener que seguir trabajando aún. Tiene ojos que sonríen, aunque parecen cansados, y cuando coincidimos en los turnos de noche comparte con nosotros el arroz con huevo que cocina en la hornilla eléctrica que tiene escondida en el vestidor de enfermeras.  La ambulancia es apenas una furgoneta pequeña, pintada de blanco con algunos distintivos y con los cristales de las ventanas cegados con película adhesiva blanca.   Adentro apenas cabe la incubadora neonatal, y nosotros, encorvados y plegados alrededor de ella.  El techo ridículamente bajo impide sentarse derecho.  El recién nacido, tan azul. Tan pequeño. Tan incomprensiblemente frágil. Con la punta de los dedos debe apretarse levemente el caucho del dispositivo de ventilación. Más fuerza reventaría sus pulmones inmaduros. Hay que tener cuidado. Una ventilación cada cinco segundos.  No puede verse hacia el exterior, excepto por una pequeña hendidura en el margen de uno de los cristales, donde se ha levantado la película plástica. La ambulancia se inclina, levantando su nariz en un ascenso sostenido, lo que indica que hemos llegado a la vertiente occidental de la gran cordillera. Mil curvas a la derecha y mil contracurvas a la izquierda.  La vieja ambulancia traquetea como si fuera a desarmarse. Con el pasar de las horas, se levanta el frío penetrante de las cumbres del páramo. A intervalos regulares, Evangelina busca en su bandeja de jeringas preparadas los medicamentos que administrar para mantenerlo sedado, y los inyecta con paciencia infinita por el lateral del equipo de goteo. Sabe que será un desastre si el catéter llega a obstruírse.   A duras penas pudieron encontrar una sola vena del tamaño suficiente.  El lento y prolongado ascenso empieza a convertirse en descenso, y el  frío en calor asfixiante. Bajo el ardiente calor del medio día, el metal de la carrocería quema al tocar el techo.  El sudor empapa la espalda, que se pega a la ropa. Afuera, el ruido de muchas aguas. Por la esquina de la ventana se ve un retazo minúsculo del gran río de la Magdalena.   Al caer la noche, el ascenso a la gran meseta.  La media noche encuentra a Evangelina cabeceando y luchando contra el sueño.  Se duerme, por fin, alli sentada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Pasa de las tres de la madrugada. Es hora de la medicación.  Sus ojos se mueven, veloces bajo sus párpados.
-Despierta. Se pasa la hora de la dosis.
Sus ojos se abren de repente, confusa.  Por un instante me mira y su rostro se estremece con una expresión aterrorizada. Su boca se abre como para gritar. Vacila. Entonces parece regresar a la realidad, frotándose los párpados. Relee la hoja de órdenes medicas y reordena su alijo de jeringas.
-Que pasa?
-Nada
-Nada?
-Solamente un mal sueño.
-Cuenta
-Nada, bobadas.
-Que?
-Soñaba que estaba aquí. Y también el bebé. Pero usted no estaba, y en su lugar había algo.
-Algo como que?
-No sé. Algo como un monstruo. O dos, tal vez
-Curioso.
-Por que? Todo el mundo tiene pesadillas a veces. Usted no?
-Nunca he tenido una. Ni un sueño en general, que pueda recordar.

 
Pesadilla y cansancio. lapiz sobre papel. 2008

Falta poco para el amanecer. El olor a ceniza y carbón mojado indica que entraremos pronto en la vasta ciudad.  Por la rendija de la ventana aparecen poco a poco sus luces.  La ambulancia atraviesa en silencio avenidas desiertas flanqueadas por innumerables bodegas industriales idénticas, grises, de aspecto desolado, envueltas en niebla. Finalmente, la clínica. la barra de la entrada se levanta con un chirrido de metal oxidado. Luego, el dispendioso proceso de bajar la incubadora tratando de que se mueva lo menos posible.  Los músculos engarrotados no lo hacen fácil.  Por fin afuera, se hace dificil enderezarse y extender el cuello.  El vigilante de la entrada revisa los documentos y nos deja pasar. Deben ir a cuidado intensivo.  Se toma el ascensor doblando a la izquierda al fondo de ese pasillo.  Largos pasillos blancos, vacíos. Misma agresiva luz fluorescente de todos los hospitales. El ascensor se estremece con un temblor leve al subir despacio hacia el tercer piso.  Alguien que nos reciba esta remisión, por favor.  Tienen que hablar con el pediatra.   No tarda, esperen aqui.  A que horas la última dosis? A las tres y media. Fírmeme por favor el recibido.    De nuevo, en la ambulancia, aunque esta vez nos podemos sentar adelante, en la cabina.  Veo que me preocupé en vano de que el conductor pudiese acelerar demasiado durante el translado.  A toda velocidad apenas sobrepasa los treinta kilómetros por hora.  Ojalá pudiéramos ver la ciudad desde algun punto elevado para saber como es, pero debemos regresar inmediatamente según nos fue ordenado.  Al menos podré ver el paisaje de regreso.  Las luces de la ciudad van quedando atras y desde el descenso de la gran meseta se divisa el resplandor de cien pueblitos distantes, bajo el amanecer incipiente.  No recuerdo haber pasado por estas abruptas paredes de granito. Ni por este túnel. Ni por este puente.  A estas alturas, deben estar en la mesa de operaciones, ya.  Ojalá pueda hacerse algo. Entonces veo de nuevo la figura de la rosa de papel, girando en mi memoria.   La base ha de ser un papel cuadrado, como lo requiere la tradición, pero parce una forma imposible de plegar a partir de un cuadrado.  En mi mente, se pliega y se despliega, sin encontrar una explicación lógica.  La gran cordillera parece mucho mas enorme ahora que se ve a la distancia, coronada de nubes.  Al otro lado, la pequeña ciudad, iluminada por el rojo dela tarde.  Evangelina se queja de su espalda. En el firmamento la luna recien nacida, delgada como una pestaña blanca.  Al fin de regreso.  En la reja exterior, una figura se reclina contemplando la fachada deslucida del hospital.  Algo familiar.  El viejo vestido de ir a misa los domingos de la Madre.  Déjeme bajar aqui.  Es ella, efectivamente.  No nos hemos visto hace veinte lunas nuevas. Parece sorprendida de verme.  Parece que hubieran pasado muchos años sobre ella.  Ha encanecido. Está mucho más delgada. Se adivinan en su rostro largas noches sin sueño. Por un momento que parece interminablemente largo, vacila sin saber que decirme, al igual que yo.   Finalmente, rompo el silencio. 
-Bendición, mamá.
-Que Dios lo bendiga, mi hijo.
Un beso en la frente. Un abrazo.  Me parece haber regresado de la escuela después de un dia inusualmente largo.   De repente, en medio del abrazo, el imaginario cuadrado de papel se pliega en una espiral doble, sobre sí mismo, en la respuesta que buscaba.  La Madre llora en silencio.  Entonces me doy cuenta que me abraza con un solo brazo, porque con el otro carga un bebé dormido. 
-Y este niño?
-De su hermana, la mayor.  Ahora lo cuido yo. Ella me recibió desde que las cosas se hicieron difíciles con su papá.  El decía que yo tenia la culpa...  No vale la pena hablar de eso ahora.   Este viernes será un mes desde que ella se fué.  No tenía vida desde que el hombre se fué a buscar trabajo en el extranjero.  Yo se lo dije que no.  Su marido se lo prohibió.  Dijo que era muy peligroso para ella. Que mejor se quedara para cuidar el niño. No hubo manera de convencerla. Terminados los cuarenta días del parto, se fué de todas maneras.  No sé de donde consiguió la plata.  Hace dos semanas llamó por última vez, antes de cruzar el río. Pobrecita ella, que ni sabe nadar.  Dijo que no podría comunicarse por dos o tres días. Que tenía que pasar por un desierto a pié.  No hemos sabido nada mas. 

"Ningún sol brilla sobre mi
ningún seno me dio su leche.
En mi garganta un tubo
y en mi vientre ningún ombligo"
Mutter. Rammstein
Mutter. 2001. Motor records.


"Madre me enseñó bien
me dijo, cuando yo era joven
hijo: tu vida es como un libro abierto,
no la cierres hasta que no hayas terminado"
Mama said. Metallica
Load. 1996.  Elektra records


 
"Cuando era una niña pequeña
pregunté a mi madre que habría de ser:
¿sería linda?  ¿sería rica?
y esto es lo que me dijo:
Que sera, sera.
Lo que tenga que ser, ha de ser
No nos corresponde conocer el futuro.
Lo que ha de ser ha de ser"
Que sera, sera.  Doris Day
Jay Livingston y Ray Evans.
The man who knew too much. Alfred Hitchcock. 1956