jueves, 17 de noviembre de 2011

Jerarquía

"Y mientras las vías cerebrales son claramente visibles, sus formas engañosamente obvias, sus destinos son aún desconocidos. Sus secretos aún secretos. Y, si somos sinceros, es la seducción del laberinto la que nos llama a nuestro campo elegido para desbloquear esos secretos. Otros han estado aquí antes que nosotros y nos han dejado señales, pero nosotros, como exploradores de la mente, debemos dedicar nuestra vida y energías a ir más allá para pisar los pasillos desconocidos para encontrar al final, la solución final. Tenemos que ver, tenemos que saber..."
Phillip Channard.  Hellbound: Hellraiser II.  1988




Naturaleza muerta con faisán.  Claude Monet. 1861

Los seres humanos, como otros organismos gregarios, se rigen en su mente colectiva por principios generales de agresión y códigos de conducta, impuestos desde su estado salvaje por la lucha por la sobrevivencia.  Así lo señala el desvaído tomo de Etología de Irenäus Eibl-Eibesfeldt  (Estudio comparado del comportamiento - 1979) y es, de la misma manera, fácilmente observable en la manada de gallinas que la Madre cría en nuestro patio.  Establecen entre sí un orden estricto de picotazos, determinando el acceso a los alimentos y al apareamiento.   En el grupo de colegiales que comparten conmigo las clases, idéntico orden se establece de manera automática.  El reflejo involuntario que me hace enrojecer hasta las orejas cuando me dirigen la palabra, no ayuda a lograr un lugar favorable en la jerarquía.

Es el más alto del grupo,  y le divierte llamar la atención de todos y saludarme en voz alta con variaciones jocosas de mi nombre. Todos ríen viéndome enrojecer, matemáticamente, como un semáforo,  He ensayado a hacer lo mismo, pero mis intentos con los juegos de palabras carecen de sentido humorístico. He optado por evitarlos.  En los recesos, el viejo salón de música es un buen escondite.


Orden universal.  Tiza sobre cartón. 2001

El derruído piano es tocado por una muchacha de manos blancas y dedos finos, que ensaya todos los días. Está en el último grado. La Polonesa de Chopin (Opus 53. 1842) se desliza entre sus dedos, sin esfuerzo aparente. Se ha ofrecido a enseñarme.  Mis manos, torpes, son incapaces con los ejercicios básicos, como un animal que aporrea las teclas blancas y negras.  Han venido, sin embargo, una vez la muchacha ha salido con sus partituras bajo el brazo.  El techo, aislado con paneles de lana de vidrio, es buen material para sus propósitos.  Han arrancado gruesos trozos de lana y la han introducido bajo mi ropa, contra la piel, como una muñeca de trapo que se rellena.   Las fibras irritan la piel (y las mucosas) y persisten por dias. Parece buen momento para hurgar en los mecanismos del orden social. Es necesario establecer un desafío a la jerarquía de picotazos.  Subrepticiamente, he sustraído su maletín.  El acuario del pasillo principal tiene un cardumen de peces dorados (Carassius auratus) que ondulan perezosamente sus velos transparentes.  Allí, sus cuadernos, desplegados en abanicos abiertos, como fondo, establecen un bonito contraste.   Espero de pie, al lado del acuario, que encuentre el maletín vacío que he dejado junto a su escritorio.   Es de esperarse dos principales resultados posibles: mayores represalias y equilibrio restablecido al orden original, o vacilación y equilibrio hacia un nuevo orden.  Se acerca, indeciso.   Le miro a los ojos. Intimidación.  Sabe que he sido yo.  Sus amigos lo saben igualmente.  Un momento de duda.  No lo venía venir.  La maestra de ciencias le ayuda a sacar los cuadernos mojados.  Le ha dicho que no sabe quien ha sido. Probablemente rajar los neumáticos de su bicicleta haya sido, despues de todo, innecesario. 


"Ponme fuera del alcance
del bostezo universal,
nos veremos en el exilio
o en una celda.
Porque fuera del reposo
de mi historia personal
soy un ave rapaz,
mirad mis alas"
Deshacer el mundo.  Heroes del Silencio.  1988 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ritos funerarios

"encore un moment, monsieur le bourreau, un petit moment"
Madame du Barry. 8 de diciembre de 1973
"Y de repente el toro miró hacia mí. Con la inocencia de todos los animales reflejada en los ojos, pero también con una imploración. Era la querella contra la injusticia inexplicable, la súplica frente a la innecesaria crueldad"
Antonio Gala. Carta a los herederos. 1995


Túmulo funerario para hombre y perro. 
Excavación arqueológica de Goyet (Bélgica)
Paleolítico superior- Periodo auriñaciense. circa 31500 a.c.

El colegio solicita permiso para una salida de campo. Las entidades parentales no parecen de acuerdo.  Visita a la reserva forestal. Inicia a las 0800 horas - termina a las 12:00.  La Madre se opone. El Padre estudia detenidamente el papel de la autorización y frunce el ceño.  Al cabo de unos instantes, estampa su firma.  El viejo bus de transporte escolar que nunca se utiliza, ha sido desempolvado para la ocasión.  Tose y traquetea mientras toma la carretera al norte.  Objetivos: establecer las diferencias entre el bosque nativo y el bosque artificial (nada vive en el sembrado de pinos).    Los altos robles rojos se mecen con el viento. Las diminutas semillas del encenillo vuelan, flotando en su cubierta pilosa.  Una familia de armadillos se afinca en las oquedades bajo las raíces gigantes de la gran ceiba. La tibouchina florece con corolas aterciopeladas.  El octavo grupo del primer grado también ha tenido su salida de campo.  Han ido a la ribera del río.  Los altos niveles de precipitación en su cabecera trajeron la creciente, que se llevó de repente a los últimos bañistas despreocupados. Los rescatistas registran los vericuetos del río en busca de sus cuerpos.  Los han encontrado muy lejos, casi al llegar al gran Río de la Magdalena.   Las clases se han suspendido por el día.  El salón de gimnasia sirve de sala de velación improvisada.  Dos cajones marrones de madera.  Una corona de flores con cintas moradas, encargada por la rectoría.  Todos en fila, según grupos y grados, pasan a despedir a los muertos.  Sus narices, atiborradas de algodón.  Sus rasgos, hinchados y macerados por el agua.  Una palangana bajo cada ataúd recoge los fluídos que gotean intermitentemente.  A la salida, el bullicio y la celebración por un día sin clases.  El círculo de la vida es implacable, y las tragedias ajenas a duras penas generan indiferencia. 


Círculo de sangre.  marcador permanente sobre papel. 2002

El Padre ha salido más temprano de lo usual a su ronda nocturna de vigilancia, con su escopeta y su perro.  El atardecer, furiosamente rojo se extiende por el firmamento.  El perro, sin raza definible, ha estado con la familia igual tiempo que yo.  Posiblemente uno de sus ancestros fué un pastor alemán, segun muestra su largo hocico y empinadas orejas.  Pelaje corto, amarillo.  Sus patas, demasiado cortas para su cuerpo.  No come concentrado para perros, como en los comerciales de la televisión. Come lo mismo que nosotros.  El Padre siempre ha compartido con él la porción de  carne de la cena.  Regresa pronto, sin el perro.  Ha muerto y debo llevar una pala y enterrarlo.  Está bajo el árbol de mango.  Yace en un charco de su sangre.  Gran herida al lado de su cuello.  Aún no ha muerto, en realidad. Sus patas se mueven espásticamente de cuando en cuando.  La sangre huele a hierro oxidado y monedas viejas.  En sus ojos, brilla, terrible, la angustia.   En pocos instantes, la luz de sus ojos se apaga.  Por un breve momento, desaparece el olor a sangre y a miedo.  Me mira a través de los ojos apagados del perro.
-Olvido y Ausencia
(Muerte conoció nuestro último nombre)
-Ha sido un largo tiempo....

La fosa se ha excavado en el suelo duro.  Las piedras mas grandes que pude encontrar marcan el lugar.  Frente a ellas pienso en la implacable voluntad de vivir de los seres.  La Madre ha venido.  Me ha explicado que el perro ha cazado y devorado una de nuestras gallinas.  Una vez que un perro ha probado una, nunca deja de hacerlo.  Ya ha dejado de ser útil como guardián.  Necesitamos las gallinas porque nos proveen huevos y carne. No puede permitirse.  El Padre ha tenido que matarlo. Ha tenido que usar su machete porque las municiones son costosas.  Le digo que lo comprendo, aunque no es completamente cierto.


   
Marcha No. 1 de Pompa y Circunstancia.  Edward Elgar. Opus 39.  1901
 

sábado, 12 de noviembre de 2011

Contemplación

"No, no.  Yo no pregunto,
yo deseo.
Voz mía libertada que me lames las manos.
En el laberinto de biombos
es mi desnudo quien recibe
la luna de castigo y el reloj encenizado"
Poema doble del lago Eden. Federico García Lorca. 1920



Extasis de Santa teresa. Escultura en mármol. Gian Lorenzo Bernini.
Santa Maria della Vittoria.  1651

A media tarde, despues del regreso diario de la ciudad, espera la carga de frutos de café.  Los recolectores la han traído a sus espaldas en grandes sacos de fique.  El Padre la ha avaluado, midiéndola en su viejo cubo de hojalata, anotando en su cuaderno los valores para el pago del sábado y la ha arrojado a la gigantesca bandeja de alimentación encima de la máquina despulpadora.  Hay que poner en marcha el motor.  La máquina despulpadora es un gran cilindro metálico, cubierto de escamas cortantes, que gira dentro de su camisa de hierro.  Tritura las rojas cerezas de café, expulsando por el frente las semillas y dejando atrás las cáscaras.   Debo retirar con un trozo de madera las cáscaras acumuladas y empujarlas hacia el vertedero, para que la máquina no se obstruya.  El Padre dice que hay que tener cuidado extra con los dedos.  Una vez terminado el despulpado, las cáscaras se cargan  en un gran cesto y se llevan de nuevo al sembrado para fertilizar los arbustos de café.  El gran cesto es pesado, y rezuma un líquido dulce que escurre de las cáscaras trituradas, que me empapa. Después, el baño. De la gran cisterna que guarda el agua para el lavado de los granos de café  se sifonea agua con una manguera de caucho que se cuelga de un alambre suspendido del techo.  Una vieja lona extendida en la entrada indica que alguien se esta bañando, para que nadie pase. 
Impatiens.  Bolígrafo sobre papel.  2005
Terminadas las tareas de la tarde, tengo autorizado un tiempo para hacer lo que quiera.  Mi lugar favorito de la casa es el estrecho patio del costado norte.  Los anchos alerones del tejado le cubren de la luz del sol.  Se respira humedad.  Los viejos muros de ladrillo, cubiertos del terciopelo verde profundo del musgo.  adosadas a las paredes, florece apretadamente la Impatiens walleriana.  Profusión de tonos de rosa, rojo y violeta.  Nìtida geometría de cinco pétalos y diminuto corazón verde.  Abombadas càpsulas de semillas que explotan con una pequeña caricia.  En julio, como todos los años, cuando los obreros despejen de malas yerbas los cafetales, el Padre les indicará que hagan limpieza de este patio.  Con sus machetes cortarán los tallos. Por ahora, puedo sentarme ante sus corolas y pensar en la naturaleza de lo que es bello. Al viejo muro le faltan algunos ladrillos. Al otro lado, el patio interior, con la despulpadora, el tanque de lavado y la cisterna.  Junto a la cisterna, Tercer hermano se prepara para un baño.   Se que es incorrecto que mire.  No reúno la fuerza para no mirar.  Con un rápido movimiento se desnuda. Tiene veinticinco años. Su cuerpo, fortalecido por el duro trabajo del campo,  muestra sus músculos marcados.  Olfatea su ropa interior, y jugando consigo mismo, se la cuelga de su masculinidad erecta, balanceándola de un lado a otro.  Bajo el chorro de agua de la manguera, la toma con su mano, apretando la punta con sus dedos. Con un rápido movimiento, el índice y el pulgar suben y bajan por el tronco.  De pronto, con un espasmo de todo su cuerpo, un chorro de líquido blanco sale, seguido por otro y otro.   La punta  de su miembro, cubierta de una especie de glaseado de aspecto cremoso.  Puedo verlo nítidamente aunque cierre los ojos.  Termina de lavarse y sale de nuevo.  Por largos minutos no puedo moverme.  De pronto, a lo lejos un grito.  Mi nombre. Es hora de la cena.  Mi tiempo a solas ha terminado.    

Duo de las flores. Lakmé. Leo Delibes.  1898